Marcha y plegaria

La Asunción de Cantillana en la fiesta de la Subida
Marcha y plegaria

Esta semana, Cantillana volverá a elevar a la Asunción Gloriosa hasta el trono desde el que gobierna todo el año la vida de su pueblo. 

Por Miguel Ángel Moreno Rebollo

Esta semana, Cantillana volverá a elevar a la Asunción Gloriosa hasta el trono desde el que gobierna todo el año la vida de su pueblo. Y lo hace un año especial para su hermandad en el apartado musical. Se cumplen cien años de la composición de una de las piezas capitales del patrimonio asunción: la marcha-plegaria de Manuel López Farfán. El genio de San Bernardo fechó el 7 de agosto de 1926 está composición. Es una de las menos oídas de su repertorio marcado por reinventar la música procesional.

Farfán conocía Cantillana y conocía sus fiestas. Había venido con la Banda del Regimiento de Soria n.º 9 y atravesaba uno de los momentos más extraordinarios de su carrera. Por aquellos años estaba haciendo con la marcha procesional algo parecido a entrar en el salón de casa de la abuela, abrir todas las ventanas y comprobar después si algún mueble seguía en pie. Había compuesto Pasan los campanillerosEl Dulce NombreLa Esperanza de TrianaLa Estrella Sublime… Es decir: Farfán no era precisamente un señor al que le diera miedo innovar… y en Cantillana, sin embargo, nos ofrece uno de los ejercicios de contención más llamativos de sus años de oro. La genialidad no se demuestra disparando recursos a diestro y siniestro a la menor oportunidad a mayor gloria del compositor. Se puede innovar muchísimo y saber perfectamente para qué se está escribiendo. Y ahí está, a mi juicio, la grandeza de laPlegaria a la Virgen de la Asunción.

El propio título ya debería ponernos sobre aviso. Farfán no la llamó Marcha triunfal número 7, ni Asunción, Reina del Universo. La llamó Marcha Plegaria. Plegaria. Es decir, oración. Farfán hizo música para rezar. Y no es una interpretación piadosa que podamos fabricar ahora aprovechando el centenario. La propia concepción de la obra lo demuestra: hubo una versión para banda destinada a la procesión y otra para armonio que podía interpretarse dentro del templo. Las dos incorporaban voces. La misma música servía fuera y dentro, en la calle y delante del altar, porque cambiaba el escenario, pero no cambiaba la función. Aquello estaba escrito para llevar una oración hasta la Virgen. La letra de Raimundo Hernández Gómez tampoco deja demasiado margen para ponerse estupendo buscando significados ocultos: empieza diciendo «Virgen de la Asunción, escúchame esta plegaria». Una marcha con libro de instrucciones.

Cien años después, merece la pena detenerse en algo tan aparentemente elemental. Vivimos una edad de oro de la música procesional si atendemos a la cantidad. Se estrena muchísimo. Nunca se haya compuesto tanto, nunca han existido tantas bandas con un nivel técnico semejante y nunca ha sido tan fácil que una marcha pase en cuestión de horas del atril a viralizarse (y monetizarse) en Spotify, YouTube, Instagram y al vídeo vertical de un señor que la graba mientras otro señor delante suyo también la está grabando. Y entre toda esa producción hay música magnífica. Muchísima. Hay excelentes compositores contemporáneos y obras recientes que no sólo aumentan, sino que engrandecen el patrimonio de nuestras cofradías.

Por tanto, el problema no es la modernidad. Farfán era moderno. El problema es otra cosa: olvidar para qué demonios sirve una marcha procesional. A veces tengo la impresión de que hemos conseguido invertir completamente los términos. Antes se escribía una marcha para engrandecer una devoción. Ahora, en algunas ocasiones, parece que se busca una devoción suficientemente grande para engrandecer una marcha. Hace falta el estreno, la presentación, el cartel, una banda de campanillas y, a ser posible, la entrevista al compositor explicando la complejísima arquitectura armónica de los dieciséis compases durante los cuales la Virgen, supuestamente protagonista de todo aquello, empieza a adquirir un preocupante papel secundario. Después viene el vídeo. Y, si hay suerte, la viralidad. Todo muy devoto.

Hay composiciones cuyo mayor mérito es tener coreografiados los aplausos, los tempos para una petalá, los pianos para que se lancen los vivas de rigor. Y no niego que aquello pueda emocionar. Un gol en el minuto 93 también emociona muchísimo y nadie ha propuesto todavía incorporarlo al repertorio litúrgico. La cuestión, por tanto, no es si una marcha es espectacular. Puede serlo. Ni si tiene potencia. Puede tenerla. Ni siquiera si arranca un aplauso. La pregunta verdaderamente incómoda es otra: ¿a quién estamos aplaudiendo?

Porque hay una delgada línea entre poner el talento de un músico al servicio de una imagen y utilizar una imagen para poner en valor el talento (o el ego) de un músico o un donante. Farfán también buscaba emocionar, claro que sí. Utilizó recursos novedosos, instrumentaciones atrevidas y fórmulas que causaron sorpresa en su época. Si hubiera nacido cien años después probablemente habría dado bastantes disgustos a quienes hoy lo invocan como argumento contra cualquier innovación. Pero existe una diferencia fundamental: toda aquella creatividad terminaba a los pies de la Virgen. No delante del espejo.

Ese es el secreto. El arte religioso —y la marcha procesional lo es cuando verdaderamente cumple su función— posee una particularidad bastante incómoda para el ego: el artista tiene que aceptar que él no es el final del camino. Puede firmar la partitura, crear belleza y conseguir que miles de personas reconozcan su música con apenas cuatro compases. Pero, llegado un determinado momento, debe hacerse a un lado. Eso hizo Farfán. Y seguramente por eso su Plegaria ha sobrevivido cien años mientras centenares de composiciones que en su momento fueron recibidas como el acontecimiento musical del siglo descansan hoy en el sueño del que, quizás, nunca debieron despertarse.

Este domingo llegará de nuevo la Subida. La Virgen regresará lentamente hasta su trono mientras Cantillana hace lo que lleva haciendo generaciones: convertir un movimiento de pocos metros en catequesis plástica de quilates infinitos. Y rezar a su Madre Asunta, con esa verdad que sólo entiende quien llega a ese rincón de la Vega con los ojos del corazón abiertos. Farfán lo hizo. Y por eso escribió lo que escribió. Una plegaria. Una oración convertida en música.

Y quizá esa sea la lección más moderna que puede dejarnos cien años después el más moderno de los compositores: que una composición dedicada a la Virgen no debería aspirar a que, cuando termine, alguien pregunte de quién es la marcha o quién la ha encargado. Debería conseguir algo bastante más difícil: que nadie necesite preguntarlo porque esté mirando a Ella.

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