Por Miguel Ángel Moreno
Confieso, con el gesto contrito y la frente marchita, que yo fui uno de ellos. Uno de esos iluminados de taberna y Twitter que, creyente fiel de la religión de Gámez Laserna, sentenciaba que al Cachorro de Triana le faltaba la elegancia y el refinamiento de una banda de música. “Saeta sevillana en bucle”, decía yo, dándome aires de musicólogo de conservatorio barato. Pues bien, aquí me tienen, en febrero de 2026, redactando mi propia abjuración. He visto la luz, o, mejor dicho, he escuchado lo soñado… y muchas veces hay que tener cuidado con lo que se pide.
Vaya por delante que la decisión de la Hermandad del Cachorro, tomada con toda la buena fe del mundo y el aval de los expertos en estética rancia, de sustituir la corneta y el tambor por la banda de La Puebla del Río, venía acuciado por una necesidad. Durante años, criticamos —y con razón— que el repertorio que acompañaba al crucificado más dramático de nuestra Semana Santa estaba lejos de la excelencia. Había exceso de marchas compuestas a mayor honra del público cani que de la Pasión del Redentor. Pero los cofrades somos expertos en pasarnos de frenada y, de pronto, pareció que el Cristo de Triana estaba recién salido de la capilla de un convento de clausura.
El Cachorro es el estruendo de la muerte en mitad de la calle, una agonía de bronce y barro a la que sólo mantiene viva el alma de una Triana tan agonizante como Él. Y esa agonía pide el bisturí de las cornetas rompiendo el aire del Viernes Santo. Echo de menos esa corneta que se clava en el costado como la lanza de Longinos. Al réquiem de llanto y esperanza que sólo sabe rendirle la calle Castilla le falta el Réquiem de Bienvenido Puelles.
Marchas así, lastimeras y potentes, elegantes y desgarradas a partes iguales, son el traje a medida para el Cachorro. La banda sonora del drama absoluto, capaz de llenar la amplitud de Reyes Católicos o del Baratillo con la rotundidad que no alcanza el repertorio solemne de las bandas de música. Porque seamos sinceros: el camino del Cachorro recorre tramos desangelados que, huérfanos de la percusión y el metal, tienen más fácil ganarle la partida a los intentos del barroquismo cofradiero de impactar en el fiel.
Si la elección del estilo ha pinchado en hueso, hay un factor que dificulta aún más que cuaje la apuesta. La banda de La Puebla es magnífica, pero don Pedro Gámez debe estar dándose cabezazos con la tapa del ataúd escuchando la exasperante lentitud con la que sus músicos desgranan el repertorio. El tempo a lo Ulises de Joyce, más que sumergirte en la procesión, adormece al espectador. Y espectador del Cachorro no puede dormirse. Hemos cambiado la tormenta por el rocío, y en Triana, cuando el Cachorro expira, lo que hace falta es que tiemble la tierra, no dormir al difunto con una hermosísima nana.
Me veo obligado a dar un paso atrás. Yo, que pedía la banda de música, hoy lloro por la corneta. Nos hemos pasado de finos, de cultos, de exquisitos, y nos hemos olvidado de que la Semana Santa no es nuestra lista de Spotify, es un constructo social en el que tenemos que pensarnos muy mucho lo que tocamos.
El Cachorro es fuerza, es el puente, es el aire libre, es el sol de justicia o, más bien, el nublado amenazante. Necesita esa “mala leche” sagrada que tiene el que se está muriendo y se resiste a ello. Necesita el Réquiem que hoy no llora por su carne inerte de madera, sino por la pérdida de esa potencia que nos hacía vibrar el alma.